DISCURSO DE ADOLFO STUBRIN EN EL LANZAMIENTO DEL INSTITUTO LEBENSOHN

Lunes, 25 de Abril de 2005 por Juventud Radical

Discurso del presidente de la Honorable Convención Nacional de la UCR, Adolfo Stubrin, en la presentación del Instituto Moisés Lebensohn el 31 de marzo de 2005 en el centro Lalín, Ciudad de Buenos Aires.

En el testamento político, Leandro Alem dijo: “El Partido, pertenece principalmente a las nuevas generaciones; ellas le dieron origen, ellas consumarán la obra. Deben consumarla”. Ese es el sentido originario del Radicalismo fundado por aquel dirigente político que representó, a finales del siglo XIX, la mejor vertiente de la tradición republicana en la Argentina. Es el creador del partido político moderno fundado en la Argentina, al mismo tiempo que en los países mas avanzados se creaban los partidos para animar los sistemas constitucionales democráticos, dando un paso fundamental en contra de la dominación aristocrática de la República, fundada a mediados del siglo XIX.

Efectivamente, el Radicalismo fue el canal de participación de los jóvenes y de las clases emergentes que, a través de la plena vigencia de la Constitución Nacional y la sacralidad del sufragio universal, llegó al poder en 1916 con Hipólito Yrigoyen. Allí, se constituyó entre los conservadores y los radicales el primer sistema de partidos que tuvo la Argentina; un sistema que fue funcional y permitió desde la época de Alem hasta el golpe del ‘30, un tiempo en el cual la República Argentina se erigió como un exitoso proyecto de vinculación entre el Estado y la capacidad productiva de una sociedad civil que, con base criolla y en clave inmigrante, se estaba constituyendo como un verdadero laboratorio social en estos confines del mundo.

Ese sistema político se quebró y al mismo tiempo, se reconfiguró a través de la irrupción de los militares como actores centrales de la política, con el golpe de Uriburu. Así fuimos, a los tumbos, con inestabilidad política hasta que la gran novedad de reconstitución del sistema de partidos fue que un fragmento del sector militar, creó un nuevo partido de amplias bases populares y con un tono de reivindicación nacionalista a mediados de la década de los ‘40. Eso polarizó el sistema de partidos, dejando a la Unión Cívica Radical como el coprotagonista, marginando, a la vez que absorbiendo, a las bases y cuadros del viejo Partido Conservador.

Sin querer de ninguna manera olvidar el aporte extraordinario, desde el punto de vista cultural y como testimonio político, de los socialistas y la izquierda, ésta fue -a grandes rasgos- la historia del sistema de partidos hasta recuperar la democracia en el ’83. No es un sistema, como dirían los politólogos de “bipartidista perfecto”; sino un sistema de pluralidad de partidos, pero con la opcionalidad para la conquista del poder por parte del Peronismo y del Radicalismo. El Peronismo es un partido de raigambre militar y el Radicalismo un partido de raigambre civil. Entre esos partidos se desarrolló, -con la intromisión sincopada de los militares- la historia política del país hasta la recuperación de la democracia. Mucho mayor protagonismo de los militares que de los partidos organizados pero, al fin, la posibilidad para que los partidos, en momentos de normalización institucional y de agotamiento de la intervención directa de las burocracias militares pudieran aprontarse para ejercer el gobierno en la Argentina. Con grandes enemistades, con un divisionismo que llegó a ser exagerado y enfermizo pero, con una fuerte justificación histórica, política y filosófica y también con una clara contraposición de contenidos, no sólo tradicionales sino actuales en sus respectivos mensajes políticos.

El Instituto que los jóvenes de la Franja y la Juventud Radical presentan hoy, que será un poderoso instrumento pedagógico creado en medio de esta instancia decisiva de recuperación del Partido, se llama “Moisés Lebensohn”. Lejos está de ser una casualidad: Lebensohn es el más prematuramente fallecido de los grandes dirigentes que el Radicalismo dió a la vida política del país cuando el legado de Yrigoyen ya estaba disponible. Yrigoyen, ya no era -desde hacia bastantes años- una presencia viva pero, los símbolos que él llevó al ejercicio del poder estaban constituidos como un mandato que estos jóvenes, como Lebensohn, muchos de ellos hijos de inmigrantes, intelectuales pobres de pueblos del interior, tomaron para sí y, reconstituyendo la vieja tradición, refundaron el Partido con el Congreso y la Declaración de Avellaneda y protagonizaron una extraordinaria época de la vida política argentina, contraponiendo las propuestas de un partido civil de tradición republicana y democrática, a la enorme popularidad y a la enorme acumulación de poder del Peronismo de la época del propio fundador.

Esos tiempos que, cuando jóvenes, nosotros no entendíamos demasiado bien y asociábamos con la exageración de las diferencias y la división innecesaria del campo popular, están siendo hoy mejor calibrados, incluso, con el aporte de la historiografía que define claramente que algunas cosas que nosotros creíamos verdaderos disparates del apasionamiento político, eran apenas la sombra de lo que la investigación moderna descubre y publica acerca de la naturaleza intrínseca de la personalidad de Perón y del régimen que encarnó con base popular y programa nacional, entre 1946 y 1955.

El mejor conocimiento de esa época permite entender por qué el sistema político argentino formado por el Peronismo y el Radicalismo es difícil de interpretar por un europeo. Porque vienen los europeos con sus tradiciones obreras y pequeño- burguesas, con sus partidos socialistas, comunistas, demócrata cristianos o liberales que entroncan con la base social de esas largas estirpes de población afincadas en esas ideas como verdadera cultura personal y familiar y ven el panorama de una República, cuyos partidos no pueden descifrarse en aquella clave y creen, que están frente a una extravagancia o una excentricidad, frente a una anomalía, frente a un desentendido.

Quizás tengan razón, pero temo que quede pendiente clarificar acerca de por qué los grandes contrincantes de la vida política argentina han sido hasta ahora el Peronismo y el Radicalismo, desde mediados del siglo XX. No lo fueron porque uno de ellos fuera de izquierda y el otro de derecha, sino porque son tradiciones, explicables por la historia de la Argentina y porque ambos, son asumidos y abrazados por amplios espectros sociales policlasistas. Seguramente, implican preferencias, valores, sentidos de la época y formas de inserción de la Argentina en el mundo, de nuestra configuración como República y como vida social. En esa particularidad de cada uno de los grandes partidos no caben las etiquetas, no caben las transferencias automáticas o las trasposiciones de las ideologías de los partidos europeos. Ni en el más refinado experimento de laboratorio logrará hacer fácilmente del sistema legado por los argentinos -que nosotros reivindicamos- un ejemplo de manual. Nuestro país tiene al Peronismo y al Radicalismo compitiendo por las mismas banderas; es una lucha por la autenticidad, es una lucha por la revelación del misterio de por qué la Argentina es un país subdesarrollado pudiendo -con todos sus recursos- ser un país desarrollado. Es una competencia entre vertientes tradicionales, políticas y culturales para explicar el país, no reductibles al esquema de la izquierda y de la derecha. Cuando Lebensohn, Larralde, Balbín, Frondizi, todos ellos, en la Cámara de Diputados con el “Bloque de los 44”, en los Comités, en la plazas de la República, escapándose por el Río Uruguay, o comiéndose el garrón de algunos meses de cárcel, trataban de proponer que la Argentina aprovechara las circunstancias internacionales favorables para convertirse en un país plenamente desarrollado. Lo que el Radicalismo proponía, era la reivindicación de la clase trabajadora según derecho y no, según concesiones graciosas del poder; la libre organización de los trabajadores en sindicatos que no fueran agencias del Estado y la construcción de la industria pesada de la Argentina.

La industria pesada de la Argentina en la década del ’50, era algo parecido a lo que podría ser hoy el desarrollo científico-tecnológico; es decir, la llave con la cual generar una inserción favorable de este país de los confines del mundo, en el panorama internacional y aumentar las chances del desarrollo y la justicia social para todos. Esa discusión dejaba a la derecha clásica, conservadora, elitista y extranjerizante en un tercer plano. Interesaba poco. La lucha se daba sí, por esos contenidos culturales, por las libertades públicas, por la enseñanza auténticamente laica, popular y científica.

Pero también es cierto, que el restablecimiento de la democracia nos tuvo a los radicales como protagonistas, como el partido elegido por una clara mayoría de la sociedad argentina. No porque fuéramos la variante de derecha frente al otro partido, todo lo contrario, porque éramos la variante que levantando banderas parecidas ofrecía salidas auténticas y genuinas al drama de la Argentina después de la dictadura, del genocidio y la humillación de Malvinas.

Esa reconstrucción republicana que estuvo bajo nuestra dirección, desde 1983 en adelante, nos enorgullece. No develamos el misterio argentino, no encontramos la fórmula como para encaminar el país en una vía de desarrollo sustentable que produjera la riqueza que debíamos distribuir y que lograra una inserción firme y clara, conveniente y ventajosa de la Argentina en el mundo. No develamos el misterio, pero sí, vaya que sí fundamos o refundamos el sistema republicano y democrático. Vaya que sí, enjuiciamos a las Juntas militares por la responsabilidad en el genocidio, cuando el otro partido adversario había aceptado la autoamnistía de los militares; vaya que sí recuperamos el sentido de la educación pública y de la autonomía universitaria cuando, el otro partido venía de las gestiones de Ivanisevich. Vaya que sí, enseñoreamos -como en tiempos de Yrigoyen- a la Argentina en el panorama internacional cuando nuestro presidente, el Dr. Alfonsin, en aquél memorable acontecimiento guardó en el bolsillo de su saco el discurso que tenía preparado -con carácter protocolar- y le contestó a Reagan en el patio de la Casa Blanca que no tenía derecho a intervenir sobre la independencia nicaragüense, porque “…los pueblos son sagrados para los pueblos, como los hombres son sagrados para los hombres”… Después vinieron las “relaciones carnales”, ¿tengo el derecho o no, a manifestar el orgullo de que, con todos los errores e imperfecciones, hay aquí una coherencia, una constancia, una militancia por valores, por sentidos que interpretan a la sociedad argentina y al mundo de una manera valiosa, interesante, con futuro, provechosa y convocante para las jóvenes y los jóvenes de nuestro país. Sí, creo que la respuesta es que sí, que tengo derecho. Y cuando lo pienso más en profundidad creo que, además, tengo el deber de reconocer mis diferencias, de cultivarlas y de aspirar a que, en este impulso de reactivación que está viviendo hoy la economía argentina, gracias al esfuerzo de la salida de la crisis, que una cierta destreza final de la dirigencia política argentina contribuyó a darle al país para salvarnos del colapso que hubiera significado la pérdida de las instituciones democráticas.

Cuando tenemos este embrión derivado de aquella transición -en la que participamos activamente, después del desastre en que el país había quedado sumido, estando, es verdad, bajo nuestra responsabilidad política; cuando encaminamos las cosas nuevamente hacia la institucionalidad democrática, nosotros seguimos estando anotados en la carrera de la competencia política entre partidos, porque sigue sin develarse el misterio argentino. Y con el envión y todo, con la deuda reestructurada y todo, con los precios de la soja y todo, con el superávit fiscal continuo y todo, el plan de desarrollo para la Argentina, sigue sin aparecer. Las razones profundas de la frustración argentina de tantas décadas, del estancamiento, de la injusticia social, de la postración, de la desestructuración, de la desintegración de la Argentina, siguen sin develarse. Y tenemos razón de existir y de luchar porque nos tenemos fe como el Partido civil que va a encontrar la fórmula, cuando nos toque el turno de entrar en diálogo con la sociedad y seamos escuchados, para recuperar el gobierno civil de la Argentina y proponer el plan de desarrollo sustentable que haga emerger definitivamente a la Argentina de esta situación de constante frustración en que, ya varias generaciones, nos venimos debatiendo.

El drama de la Argentina es que los ciclos de bonanza se agotan en sí mismos. Ojalá, no sea por este atisbo de inflación que se manifestó en los últimos meses pero, si no es por la inflación, será por otro factor. El misterio del subdesarrollo argentino no ha sido develado hasta ahora y esta situación, lamento decirlo y reconocerlo, se va a llevar puesta la actual ilusión de los argentinos, a menos que, funcione plenamente el sistema democrático: que funcione el debate, que funcione la lucha de ideas, que estemos en condiciones de convertirnos en una usina de ideas que lance en el lugar adecuado, en el Congreso, que es la caja de resonancia de la República, y también en la prensa y la plaza pública, las ideas que develen el misterio argentino. Que encuentre la fórmula y habrá de ser una fórmula civil, una fórmula cívica, una fórmula civilizatoria para organizar el Estado y la sociedad de una manera proactiva, de una manera mutuamente provechosa, que tome el ejemplo de los países que han convertido el crecimiento económico y la justicia social en una dualidad inseparable; en una pareja perfectamente armónica y que no son únicamente los viejos países europeos o de Norteamérica, sino que hoy son también países del Lejano Oriente: la propia India, la propia China, que nos van mostrando distintas alternativas porque entienden el funcionamiento de sus propias economías y sociedades.

Programan la participación detrás del Estado de esas economías y de esas sociedades en la vida mundial y logran éxito. Esa promesa de lograr éxito está abierta hoy, en el mundo, para la Argentina. Somos profundamente optimistas y somos, a la vez, escépticos. Somos escépticos de que este gobierno ensoberbecido, unilateral, incapaz de escuchar, creído de que es un mérito propio la coyuntura favorable sobre la que navega, descansando en el esfuerzo y el sacrificio de muchos argentinos. Digo con seguridad que no tiene la fórmula. Ni siquiera se propone encontrarla y mucho menos lo va a lograr si no escucha, si paraliza el Parlamento, si es reticente a mandar sus ministros a escuchar las preguntas de los legisladores opositores; si ataca a la oposición porque disiente. De esa manera, seré cada vez más escéptico acerca de la posibilidad de aprovechar este envión favorable de la economía para hacerlo el principio de la construcción del desarrollo sustentable con justicia social de la Argentina.

Sin embargo, seguiré siendo optimista porque soy confiado y creyente firme en el sistema republicano y en la competencia entre partidos. Es la competencia entre partidos lo que trae la luz sobre estos intrígulis indescifrables por los cuales estamos sumidos en el atraso y la miseria. Es el debate entre partidos, es la confrontación, es el deseo de ganar, de llegar al poder y demostrar las propias virtudes, los propios aciertos y la buena formación de los cuadros propios lo que motiva a la búsqueda, al desentrañamiento de ese misterio que todos los países tienen y que, sólo algunos consiguen develar a tiempo. Ese es el optimismo que me inspira y que creo, debe inspirar la lucha de todos los que estamos aquí. ¿Cuál creo es la aspiración central del Radicalismo? Ir a la búsqueda, a la construcción social de un conocimiento que la Argentina no tiene todavía: la estrategia nacional del desarrollo sustentable. El gobierno, no sólo no la tiene, sino que cree que no es necesario; quizá crea tenerla o quizá crea en las hadas o en los gnomos o en la suerte o el destino. Nosotros somos más realistas, pues nos ha ido mal algunas veces y hemos aprendido la lección y sabemos que un viento de cola no resuelve el problema del desarrollo sustentable con justicia social en la Argentina. Un viento de cola guiado por la soberbia, conduce a la frustración.

Por eso, creemos en el sistema de partidos. Y nos viene la calma y la satisfacción cuando venimos ?como ahora- con el Presidente del Comité Nacional, Ángel Rozas y con otros correligionarios de los aquí presentes, de una maratónica reunión del “estado mayor” del Partido. Una verdadera conducción del Partido, con la presencia de todos los distritos que trazó un panorama realista de los muchos problemas que tenemos; que mostró la gama, el abanico de las realidades del Radicalismo a lo largo y a lo ancho del país pero, no sólo las realidades posicionales: si estamos en el gobierno de las provincias o si estamos en el llano o si somos tercera fuerza, sino los matices ideológicos, culturales, políticos, las preferencias que constituyen el Radicalismo porque, el Radicalismo no es un instrumento. El Radicalismo, como todo partido democrático, moderno y progresista del mundo, es una orquesta y debe ser una buena orquesta con muchos instrumentos.

¿Que si me preocupa que un correligionario tiene un matiz diferente y me apresuro a apostrofarlo como que es de “derecha” o que es esto aquéllo? De ninguna manera: tengo una confianza viceral, de carácter histórico en la capacidad de atracción del Radicalismo. Es como dice nuestro correligionario “Lencina”: Es difícil ser radical pero, vale la pena serlo. Es difícil resistir a las tentaciones del poder, es difícil resistir al canto de sirena de la pureza ideológica de la secta encerrada en una pieza. Es difícil, pero hay que hacerlo porque vale la pena. Vale la pena ser radical porque es ser protagonista del sistema político de la Argentina. El sistema político que el Presidente cree que no existe porque quiere sustituirlo por su propio mando personal. Y cualquier referencia o alusión a una mentalidad militar que provenga de la tradición de su partido o de su actuación política en la década del ’70 está autorizada. Él cree en su mando y en la obediencia que obtiene y cree en la correa de transmisión del sistema de mando: el Presidente arriba, los intendentes abajo y los gobernadores en el medio.

Nosotros somos republicanos y democráticos, tenemos otra mentalidad. Creemos que sin partidos no hay democracias modernas. Vamos a tener el nuestro a punto a la hora señalada y esperamos que él tenga el suyo y que no use los recursos del Estado para obtener las representaciones. Si no, hay trampa y no sólo trampa en la competencia electoral, sino contra una buena institucionalidad republicana en la Argentina y por eso denuncio a Kirschner. Él debe organizar su propio partido, debe ser transparente y cristalino y sus ideas deben corresponder a sus bases de apoyo político. Después veremos quién tiene más razón, quién tiene más simpatías populares o quién tiene más votos. Pero, que no utilice su investidura para comprometer a los funcionarios democráticos, elegidos en las distintas esferas del poder con su mando personal. ¡Es que no es personal, no es de él y no es su mando! Es una magistratura de la República que corresponde a todos y que todos respetamos, en la medida en que también sea ejercida con constitucionalidad, con legalidad, con sentido patriótico y al servicio del presente y del futuro del país.

Ciudad de Buenos Aires, Lalín, 31 de marzo de 2005.

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