Convención de Rosario. Discurso del presidente de la Convención Nacional (2006)
Miércoles, 30 de Agosto de 2006 por Juventud Radical
Esta pieza, pronunciada por el presidente del máximo órgano partidario, afirma el carácter institucional y nacional del Radicalismo, frente a los avances del gobierno por sobre los partidos políticos.
Se ensaya aquí una defensa de las instituciones partidarias en general y del Radicalismo como partido, no como mera identidad que puede desprenderse de una línea política fijada.
Señoras y señores convencionales, señoras y señores legisladores, señor Auditor General de la Nación, señoras y señores miembros del comité nacional, señoras y señores presidentes de comités de distrito, correligionarias y correligionarios:
Con estas palabras dejamos abierta, en nombre de la Mesa Directiva la reunión ordinaria de la Convención Nacional de la Unión Cívica Radical de 2006.
Agradecemos la colaboración de todos los militantes que hicieron posible la adecuada organización de esta asamblea, a quienes colaboraron con su esfuerzo e inteligencia a que contemos con los documentos necesarios para nuestra deliberación, a los cuerpos partidarios que nos apoyaron de diversas formas y a la Unión Cívica Radical de la Provincia de Santa Fe y de la Ciudad de Rosario que nos albergan con la calidez y el espíritu militante que le son proverbiales y al combativo Sindicato de Luz y Fuerza.
Los convencionales llegados de los más distantes rincones de la Argentina, a veces con sacrificio, demuestran la extensión del sentimiento partidario y la férrea voluntad de ponerle el alma y el cuerpo a los inconvenientes y las contrariedades para hacer que funcione, opere y gravite el decano de los Partidos Políticos de nuestro país; el más popular entre los partidos democráticos, el más democrático entre los partidos populares de la Argentina.
Mantener y revitalizar nuestra organización política nacional en estos tiempos se ha convertido en una dura prueba. Es bueno por lo tanto que quienes aquí estamos, manifestando ante el pueblo entero nuestra empecinada persistencia, conversemos un poco sobre la naturaleza del desafío que nos proponemos superar.
Los partidos son organizaciones que forman parte del sistema político de un país. Cada uno con sus tradiciones, ideologías, cultura, mecanismos de captación de militantes y adherentes, caudales electorales queda integrado con los demás por relaciones más o menos estables de complementación y de competencia.
En la Argentina de la gran crisis, durante 2001 y 2002, el sistema político implosionó. En una difícil transición y frente al peligro de una disolución incontrolable de nuestra convivencia, las instituciones estatales lograron capear el temporal, recobrar la gobernabilidad e iniciar un camino de recuperación. Pero antes, durante y después del pico de la crisis los partidos y su actividad experimentaron un descrédito mayúsculo. En el escenario mediático o en las calles las expresiones organizadas o espontáneas de la sociedad civil tomaron la palabra y en muchos casos la acción. Con todo lo respetable que esas manifestaciones tuvieron el país quedó al borde de perder la política, como una actividad orgánica para ejercer la ciudadanía y representar a los conciudadanos.
La idea de crear un sistema político sin partidos políticos tuvo una extraordinaria repercusión. Desde distintas ideologías se fantaseaba con un parlamento y una competencia electoral basada en la auto representación de los sectores de interés o de los voceros de las demandas específicas que atraviesan la sociedad. Grupos elitistas que desde hacía décadas pretendían sin éxito ingresar en lo que para ellos era el mercado electoral creyeron encontrar de repente la oportunidad de desplazar sin mayor esfuerzo a los partidos políticos y a sus dirigentes.
Pero, a partir de 2003, con el gobierno elegido luego de la transición los acontecimientos vienen tomando otro curso. Ahora estamos frente a la dura y cruda realidad del poder y la dominación política ya sin espacio para los devaneos y las fantasías.
El gobierno nacional despliega una intensa actividad de acumulación en varias orientaciones. Concentra el poder y los recursos nacionales de manera progresiva y sistemática, avanzando sobre la división de poderes, eludiendo el control, neutralizando la autonomía de las provincias y procurando una remodelación del sistema político a la medida de su proyecto de perpetuación.
Todo indica que el gobierno nacional aspira a instituir un régimen plebiscitario, mientras la Unión Cívica Radical y otros partidos, agrupaciones y fuerzas políticas, sociales y culturales lucharemos por reconstruir un pluralismo democrático en la recta interpretación de la letra y el espíritu de la Constitución Nacional.
El régimen plebiscitario tiene elecciones, parlamento, justicia, provincias y municipios pero las decisiones se toman en la cúpula del sistema y tanto las instituciones como los comicios juegan un papel secundario y convalidante.
La negativa del gobierno a conversar de los problemas del país con los partidos políticos en el llano, el pase al archivo de su propio partido de origen, la reticencia a la entrevista periodística y de manera más reciente la abierta interferencia en la vida interna de nuestro partido, hecha sin disimulos con el propósito de desorganizarnos, echarnos del escenario nacional de las políticas y rapiñar nuestras legítimas inserciones territoriales es una muestra inequívoca de la vocación hegemónica que lo alienta. Más aún cuando la situación económica y los estudios de opinión indican que el gobierno cuenta con ventajas competitivas en el terreno electoral. Toda esa enorme energía no se gasta sólo en busca de votos para ganarle a un adversario circunstancial. Nuestra percepción y nuestra denuncia es que se propone avasallar en el momento electoral para doblegar la resistencia de la oposición durante todo el período de gobierno, mientras cada turno electoral es el eslabón que conecta con el siguiente. El régimen plebiscitario requiere y facilita el monopolio del poder. El régimen plebiscitario dispone de los recursos públicos como si fueran de propiedad de los que gobiernan y los usa para reproducir su poder.
Pero siendo monolíticos los regímenes plebiscitarios son en el fondo frágiles. En México el sistema instaurado a partir de la Revolución pudo durar varias décadas pero en la mayoría de los países dura a lo suma una década y cuando se desploma deja un serio problema de organización política, las libertades restringidas y la nación dividida en antagonismo inconciliables.
El pluralismo democrático es un sistema de competencia entre partidos políticos nacionales que tienen una base de coincidencias sobre grandes objetivos para el país y aunque discuten, se controlan, se critican y pelean entre sí, se respetan como protagonistas esenciales de la vida política y son leales al sistema institucional que les otorga las reglas de juego.
Los países avanzados y varios países hermanos de Latinoamérica tienen un régimen político pluralista democrático. Puede ser bipartidista o pluripartidista, propenso a las coaliciones o no, dejar espacios más amplios o más reducidos a la colaboración mutua en la gestión de gobierno pero todos tienen partidos políticos nacionales en competencia.
Para llegar a ser un país avanzado nosotros proponemos un régimen político basado en partidos nacionales o combinaciones estables entre ellos. Todos los que deseen y logren formarse, tradicionales y nuevos, pero con vocación de diálogo y aceptación de las reglas básicas: el derecho y el deber de la mayoría a gobernar, el derecho y el deber de la minoría a controlar, criticar, formar alternativas y llegar al gobierno en el limpio certamen del sufragio ciudadano.
Como pluralistas y demócratas los radicales tenemos una tarea urgente y prioritaria. Debemos construirnos a nosotros mismos. Tenemos una historia continua que cruza tres siglos y define nuestra identidad pero ya basta de considerarnos un aletear de la conciencia.
Construirnos a nosotros mismos es organizarnos, dotarnos de una disciplina, definir los problemas nacionales y discutir las propuestas que los solucionen para adoptar posiciones públicas que defendamos entre todos y en torno a las cuales nos preparemos para despertar adhesiones populares y así, en el turno que nos toque, llegar y ejercer el gobierno con firmeza, rectitud y solvencia.
La construcción de nuestro partido nacional es difícil por varias razones. Primero la cultura facciosa que nos divide, nos resta fuerzas y nos desacredita a los ojos de los ciudadanos. Ese es un obstáculo sobre el que tenemos que reflexionar para reeducarnos en un temperamento de mayor colaboración y compañerismo, aunque más no fuere con el lúcido egoísmo de quienes tenemos vocación de poder.
Pero también es difícil hoy en día porque son pocos los actores políticos que se organizan como partidos políticos. En general la política se practica como un mero montaje de ofertas electorales. Pero las presentaciones electorales son solo una importante dimensión en la vida de un partido político, que tiene sentido si otros aspectos no menos decisivos se cultivan con el mismo interés y con el máximo esfuerzo.
Encontrándonos casi solos, aunque con la grata compañía del Partido Socialista por ejemplo, pesa sobre nuestras espaldas edificar nuestra organización a la vez que estimular a los otros actores políticos a que se formalicen como partidos orgánicos, más allá de las formaciones temporarias o dependientes de una sola figura que hoy proliferan. El propio gobierno podría, si abandonara, su delirante proyecto hegemónico sumarse con la estructuración de una fuerza política que lo represente en el concierto de este pluralismo democrático. De esa manera podremos mostrar al cabo de unos años de trabajo intenso que nuestro país está dotado de un sistema competitivo entre partidos o coaliciones de partidos, es decir pertenece de pleno derecho al universo de los países pluralistas democráticos.
Organización, disciplina y programa. En ese tríptico está la clave de la construcción de nuestra organización partidaria nacional. Los tres temas del orden del día de esta reunión corresponden a esas dimensiones. Ninguna casualidad. Tenemos como partido histórico un excelente punto de partida pero debemos encarar reformas, cambiar metodologías, renovar cuadros, profundizar estudios y hacer de otra manera las cosas para reconvertirnos en el gran partido de la democracia social que amplios sectores progresistas esperan.
La actitud que prevalecía en el Partido durante la declinación era trabajar para uno mismo o para la fracción o sector o distrito al que pertenecíamos.
El radicalismo que se insinúa y adivina para el futuro, el que nuestras mujeres, hombres y jóvenes con sus ideales intactos, los que no se han desmoralizado o entregado, van prefigurando con su conducta es el de un cambio de actitud, una vuelta al comportamiento altruista y generoso del civismo argentino de las mejores épocas.
La actitud militante de la organización nueva del Partido Radical del siglo XXI puede sintetizarse en lo siguiente: trabajar en la elaboración de bienes, valores y sentidos que enriquezcan y mejoren al Partido en mayor medida y por encima de nuestro propio interés particular o el de nuestros sectores.
Si lográramos esa modificación cultural, estamos convencidos que todos los objetivos irán siendo obtenidos uno tras otro.
Hoy y mañana son los días en que los convencionales nacionales tenemos que impulsar el cambio organizacional a través de la reforma integral de la Carta Orgánica, en pos de un Partido Nacional más fuerte, con mejores recursos y más autonomía para cumplir su misión.
Hoy y mañana son los días en que los convencionales nacionales debemos aprobar el código de conducta que nos legara ese eximio maestro argentino de la filosofía y la ética, el Profesor Eduardo A. Rabossi, en una colaboración póstuma al partido en que militaba; y debemos ratificar el primer Tribunal de Conducta y Disciplina del Partido en el orden nacional, que ya funciona bajo la presidencia del Dr. Hipólito Solari Irigoyen.
Hoy y mañana son los días en que los convencionales nacionales debemos elaborar las bases programáticas con que el Partido tiene que salir a movilizarse y comunicarse con todos los sectores de la política y la sociedad. Las bases programáticas son un documento construido entre muchos, recoge el pensamiento de los radicales en sus diversas experiencias y saberes, de los veteranos y de los nuevos cuadros. Contiene ideas y esbozos de políticas públicas, escritos con pasión y con razón, con datos ciertos y con valores aplicados a la resolución de los problemas estructurales que afectan al país.
Las bases programáticas son el sentido que los radicales podemos construir sobre la Argentina de 2006. Está inspirado en la tradición de las grandes producciones conceptuales que jalonan la contribución del radicalismo a la política y a la cultura argentina desde el Manifiesto del Parque hasta el discurso de Parque Norte; desde el programa de Avellaneda hasta el Plan Nacional de Desarrollo de Arturo Illia y Roque Carranza. Es probable que ésta, que será recordada como la Declaración de Rosario no le llegue a los talones pero sin embargo estemos satisfechos si la entendemos y la aprobamos con el mismo patriotismo y la misma honestidad intelectual que hicieron que aquellas otras pasaran a la historia.
Esta Declaración de Rosario será un instrumento de trabajo. Dirá qué pensamos y qué estamos dispuestos a aportar a favor de nuestro país. Tendremos que divulgarlo, explicarlo y corregirlo en entrevistas, jornadas, reuniones de todo tipo con argentinos que quieran ayudarnos a perfeccionarlo y a quienes convocaremos a compartirlo.
Esta Convención fue criticada con variados argumentos. La mayoría prejuiciosos. Se dijo que queríamos hacerla para proclamar candidaturas y después se dijo que para qué la hacíamos si no íbamos a proclamar candidaturas.
La respuesta es que la hacemos porque es nuestra obligación. Pedimos disculpas por no haberla organizado el año anterior en que la Mesa Directiva elaboró junto a los Bloques Parlamentarios el Programa de Acción Legislativo 2005-2007 que está en ejecución.
Pero ésta si la convocamos porque queremos seguir haciendo política nacional y el radicalismo es la identidad con la que debemos hacerla.
La hacemos porque la política nacional de un Partido en el llano se hace desde el llano.
La hacemos porque estamos seguros que, como Hipólito Irigoyen durante un cuarto de siglo, las convicciones nos proyectarán al gobierno pero no necesitan del gobierno para convertirse en energía política y fuerza moral.
O no fue él quien enseñó que en el desprecio por el poder está todo el poder.
La hacemos porque es nuestra forma de resistir y continuar, enarbolando ideas claras y distintas sobre la realidad que nos rodea persiguiendo el sueño de hacer de la Argentina una nación avanzada. Una nación avanzada es una nación democrática y desarrollada, respetada en el mundo por sus conocimientos y sus industrias y responsable de la protección de todos sus ciudadanos frente al sufrimiento y las adversidades de la vida.
Lo hacemos porque un Partido Político debe ser una organización permanente que cuenta con una ideología y una tradición, la renueva en un programa y una plataforma y la encarna en mujeres y hombres calificados y competentes para llevarlas a la práctica desde el gobierno.
Lo hacemos porque estamos empalagados de las recetas tecnocráticas según las cuales hay que tener candidato atractivo, apuntar a un target y diseñar la publicidad subliminal para tener una oferta electoral exitosa.
lo hacemos porque somos un poco tradicionales y bastante tercos y pensamos que lo nuevo en la política argentina será tener la organización política bien estructurada, la realidad bien estudiada, la propuesta bien articulada, los cuadros bien preparados y el diálogo bien aceitado con todas las entidades representativas y que entre tanto todo eso se va concretando se debe identificar, a través de los procedimientos adecuados, las personas con alta calificación moral y política para convertirlos en abanderados de esa causa como candidatos a la presidencia y vicepresidencia de la República o legisladores.
Como seguimos pensando que ese es el orden correcto de las cosas tendremos mañana un lineamiento programático para iniciar conversaciones a la luz pública con partidos amigos y con personalidades dispuestas a gestar una alternativa política en el 2007.
En estas circunstancias aspiramos a ser el eje aglutinante de esa alternativa, aunque debemos reconocer la necesidad de aunar esfuerzos con otras expresiones compatibles.
Pero con modestia debemos reconocer que una alternativa requiere una conjunción de voluntades e inteligencias que excede la que nosotros solos podemos reunir. Formar una coalición es una tarea provechosa, interesante, de aprendizaje y crecimiento siempre que prevalezcan la solidaridad y el objetivo común de gobernar bien y no el mero afán de ganar como si fuere una puja deportiva. La política chilena sin ir más lejos demuestra que es posible que los partidos se combinen con coherencia para aplicar un programa de gobierno que interpreta las aspiraciones mayoritarias.
Un gobierno que aspire al pluralismo democrático no debiera molestarse por las actividades tendientes a forjar una alternativa. Pero este gobierno se molesta tanto, se esmera tanto en evitarla e impedirla mediante tantas argucias, que refuerza las sospechas de que está empeñado en remodelar el sistema político a la medida de un régimen plebiscitario.
Por eso construir una alternativa para el 2007 es una misión de grandes proyecciones. Reafirmará la vigencia de nuestro partido en el primer plano de la política nacional como desde hace 115 años; contribuirá a crear un sistema competitivo entre partidos o coaliciones; impedirá la consumación de un régimen plebiscitario con sus serias amenazas y permitirá llenar de contenido un escenario político empobrecido, con pocas ideas y mucha propaganda, con buenas oportunidades y pocas estrategias para aprovecharlas, con mucha soberbia y poca modestia; con mucha producción simbólica sobre el pasado y poca sinceridad para admitir los graves errores cometidos; con mucha recriminación hacia las culpas de los otros y poco debate acerca de cómo se piensa afrontar el futuro.
Es una empresa bien difícil. La frustración de nuestro último gobierno fue enorme. Los que seguimos militando lo hacemos porque debemos afrontar la responsabilidad por los errores, aunque no fueran nuestros personales. El aprendizaje institucional de esos errores nos hará un mejor partido en la oposición y en el gobierno. Yo reconozco los errores de funcionamiento partidario, de preparación para el gobierno y de ejercicio del poder.
Nos equivocamos al elegir candidato por las encuestas, nos equivocamos al permitir que el partido fuera archivado durante el gobierno, nos equivocamos en el diagnóstico de que la convertibilidad podía mantenerse, nos equivocamos en varias cosas importantes y el colapso que no habíamos provocado se desató como una ironía del destino con el gobierno bajo nuestra responsabilidad.
Pero así y todo no hay razón para que sintamos complejo alguno de inferioridad. Todos esos errores pueden evitarse con un partido político moderno, bien organizado, con cuadros motivados y concientes, con disciplina y control ético de las conductas. Los radicales sabemos cómo hacerlo y la Argentina necesita que una alternativa se forme antes que la hegemonía arrase con las instituciones y frustre la oportunidad de desarrollo nacional con que hoy contamos.
Los radicales que siguen al gobierno padecen ese complejo. Habrá entre ellos quienes creen que el actual grupo en el poder merece un premio y quieren ayudarlo. No estamos de acuerdo pero ser convencido por los adversarios es una contingencia de la política. Habrá otros que piensan que aspirar a gobernar la Argentina es imposible y ven al radicalismo como un emblema, un botón en la solapa o un rasgo cultural que puede retenerse en la comarca mientras se declina en el orden nacional. No estamos de acuerdo y quisiéramos devolverles la fe y la conciencia de que la política es nacional en primer término y que un político de nuestro partido que así no lo entienda aprobó la asignatura radicalismo con varias bolillas colgadas.
El proyecto hegemónico del grupo en el poder tiende a la perpetuación a través de una remodelación del sistema político que erija en el lugar en que debiera estar el pluralismo democrático un régimen plebiscitario. Los radicales desmoralizados, por más brillantes que algunos de ellos sean en la gestión de sus municipios o provincias son funcionales no ya a la reelección de un presidente sino a una deformación de nuestro sistema político.
Es inaceptable el canje, en el caso de una o de cien provincias y municipios sumados, de condiciones favorables a nuestro partido, otorgadas por el gobierno a partir de un mecanismo de arbitrariedad y favoritismo en la distribución de bienes públicos, a cambio de la abdicación de la participación protagónica de la Unión Cívica Radical en el escenario político de la renovación presidencial de 2007.
Como integrante de la conducción nacional del partido me adelanto a reconocer y pedir disculpar por errores y limitaciones en la comunicación con esos correligionarios que nos impidieron despertarle la fe que nosotros sí tenemos en que el radicalismo unido y lleno de contenidos renovadores puede jugar un papel muy digno y trascendente en la política grande, devolviéndole sentido nacional a sus gestiones locales o regionales.
Pero no acepto la crítica de la falta de ideas porque el documento que estamos tratando hoy y mañana demuestra de sobra que las tenemos.
No acepto la crítica de la falta de renovación porque somos una generación de dirigentes nueva y seríamos más si ellos no defeccionaran.
No acepto la frivolidad de sostener que haríamos lo que ellos están haciendo si estuviéramos en el gobierno porque eso es confesar impotencia y poca imaginación.
Lo cierto es que con bases programáticas, organización moderna y disciplina ética podemos ser protagonistas, junto a otros sectores afines, de una coherente propuesta que compita con serias posibilidades de triunfo contra la que el gobierno forme.
Para eso necesitamos de todos nuestros correligionarios y a todos los esperamos en la conversación fecunda entre radicales. Sí así no fuere lo sentiremos mucho pero no vamos a sentarnos a llorar la pérdida; contaremos las bajas y apostaremos lugar por lugar a los jóvenes y a todos los buenos radicales que mantengan la conducta como un valor irrenunciable; ellos tomarán la posta y levantarán la bandera.
La presencia política del radicalismo en la escena nacional es inalienable mal que le pese a quienes quieren vernos en el desván de los recuerdos para que se les haga jauja perpetuarse en el poder.
Señores convencionales: Tres virtudes cardinales tendrán que acompañarnos en esta nueva etapa de la larga historia del Partido: tenacidad, constancia y paciencia.
Los ansiosos de poder no sirven para campañas largas y esforzadas como las que se avecinan. Es preferible que deserten más temprano que tarde.
Los volubles o tornadizos no son capaces de mantener el espíritu frente a las adversidades. Las luchas políticas contra adversarios poderosos requieren de convicciones, no alcanza con entusiasmos pasajeros.
Los flojos carecen de la resistencia intelectual y moral para cultivar los valores y los bienes de la república democrática. Hace falta temple para soportar presiones y tentaciones, manteniendo los principios.
Estoy convencido de que contamos con una legión de argentinos dotados de esas cualidades que sumadas a su inteligencia y a su voluntad nos devolverán el orgullo de pertenecer a esta antigua y noble causa, nos restituirán la confianza del pueblo para encargarnos las más difíciles tareas y nos granjearán el respeto y la consideración de nuestros adversarios, tan esencial para construir el pluralismo democrático.
Sintámonos, por lo tanto, orgullosos de ser radicales.
Orgullosos de la reforma universitaria y de la Ley 1420.
Orgullosos de YPF y de la defensa del patrimonio nacional.
Orgullosos de los hospitales públicos y de la Ley nacional de medicamentos.
Orgullosos de la libre determinación de los pueblos y del MERCOSUR.
Orgullosos del Artículo 14 bis de la Constitución Nacional.
Orgullosos del cupo femenino y de la legislación sobre patria potestad y divorcio.
Orgullosos de nuestro civismo y de haber sido opositores, leales a las instituciones.
Orgullosos de nuestra resistencia a la violencia y a las dictaduras.
Orgullosos de nuestra pertenencia a la Internacional Social demócrata.
Orgullosos del Nunca Más y del Juicio a las Juntas.
Orgullosos de haber sido compañeros de comité de Sergio Karakachoff, de Mario Abel Amaya, de Angel Pissarello o de Felipe Rodríguez Araya, asesinados por creer en la paz, en la libertad, en el derecho.
Sin creernos infalibles ni superdotados, que no lo somos, sintámonos orgullosos de nuestro pasado y redoblemos nuestro trabajo para ser dignos continuadores y sucesores de nuestros mayores.
Como escribió hace poco Silvia Bleichmar recuperemos a propósito de nuestros desvelos y quehaceres en la política argentina aquella antiquísima palabra, el honor, que es, según ella, la que da cuenta del orgullo atravesado por la ética.
Así se entenderá mejor qué nos convoca cuando entonamos la marcha del Partido en su párrafo más bello, adelante Radicales, por la Patria y el Honor, por la libertad del pueblo que está en nuestro corazón.
- Sin Comentarios »
- Publicado en Documentos del Radicalismo