Kirchner y los Derechos Humanos
Lunes, 6 de Febrero de 2006 por Juventud Radical
Crónica política
Kirchner y los Derechos Humanos
Rogelio Alaniz
“Es lo que es. No puedo censurarle por lo que podría ser. Si no es lo
que podría ser, yo pediría a Dios que lo fuera”. Shakespeare
No hay información de que Kirchner y su esposa se hayan preocupado
por la violación de los Derechos Humanos durante la dictadura militar.
Puede que en alguna sobremesa haya hecho algún comentario, pero ni
durante la dictadura ni en la democracia hay constancias de que el
matrimonio haya expresado a nivel público una frase de solidaridad
hacia los perseguidos políticos y los desaparecidos.
Como gobernador de Santa Cruz, su ausencia en el tema fue absoluta
o casi absoluta. Algunos vecinos de Río Gallegos aseguran que por
entonces Kirchner era más amigo de los militares que de los Derechos
Humanos. Alguien podrá decir que Kirchner no fue el único político que
en este aspecto se mantuvo alejado o indiferente. Hubo muchos
políticos, efectivamente, que por uno u otro motivo guardaron
silencio, miraron hacia otro lado y, en algunos casos, fueron
cómplices de los verdugos. Pero el caso de Kirchner no es notable por
su silencio, sino por el hecho de que, habiendo sido uno de los tantos
políticos que se calló la boca, es ahora el único presidente que las
Madres de Plaza de Mayo, a través de su titular, Hebe de Bonafini,
consideran un amigo.
Yo recuerdo que en los años del Proceso eran contados con los
dedos de la mano los políticos que firmaban solicitadas y
declaraciones criticando la violación de los Derechos Humanos. Entre
esos políticos estaba Alfonsín, por ejemplo, pero no Kirchner. Sin
embargo, el amigo de Hebe de Bonafini es Kirchner y no Alfonsín. No sé
si los que firmaban se jugaban la vida, pero queda claro que algún
riesgo corrían, riesgo que Néstor Kirchner se privó de disfrutar en
toda la línea.
En los primeros años de la década del ochenta algunos políticos se
comprometieron un poco más. En algún momento se publicó una solicitada
que contaba con la adhesión de dirigentes que iban desde Alfredo
Bravo, Oscar Alende y Estévez Boero hasta Herminio Iglesias. En esas
largas y heterogéneas listas de entonces, el nombre de Kirchner
brillaba por su ausencia. También el de su esposa, por supuesto.
Seguramente, en 1983, Kirchner votó por Luder. Y seguramente no le
debe haber resultado incómodo compartir su propuesta de amnistiar a
los militares. Lo que sí se sabe es que su señora, hasta unos meses
antes de la candidatura de Luder, seguía creyendo que la mejor fórmula
para el peronismo era la de Isabel Perón.
A Alfonsín se le pueden criticar muchas cosas, pero lo que la
historia ya le ha reconocido es su trabajo a favor de la democracia en
un momento en que muchos creían que los militares iban a seguir
controlando el sistema político. Juzgar a las Juntas fue un paso
histórico trascendente. Tan importante como condenar a los violadores
de Derechos Humanos fue crear un consenso cultural condenando el
autoritarismo castrense. La derrota de la dictadura no sólo fue
política y judicial, también fue cultural y, para el logro de ese
objetivo, la labor de Alfonsín fue decisiva, sobre todo si se tiene en
cuenta que por entonces no era sencillo ponerle el cascabel al gato.
Conviene recordar el clima de los primeros años de la democracia.
Conviene recordar el tiempo en que muchos demócratas convencidos
creían que los militares podían regresar. O cuando el general Menéndez
se avalanzaba con un cuchillo sobre los manifestantes. O cuando
personajes siniestros y sórdidos como Suárez Mason o Camps hacían
declaraciones amenazantes.
En aquellos años, comprometerse a favor de los Derechos Humanos no
era una tarea sencilla. Por el contrario, significaba romper
relaciones con poderosos intereses, arriesgar una supuesta seguridad
institucional porque los rumores afirmaban que los militares no iban a
permitir ser juzgados por el poder civil. Digamos que condenar a los
genocidas no era una tarea gratuita. El poder militar entonces parecía
intacto y se necesitaban una fuerte convicción moral y una sólida
confianza en la democracia para atreverse a dar los pasos que se
dieron.
Alfonsín lo hizo y por ello será reconocido históricamente, aunque
ese reconocimiento no excluye el odio o el resentimiento de grupos y
sectores corporativos y facciosos que no le perdonan haber dado ese
paso. Quienes hoy pretenden impugnar aquellas jornadas épicas en
nombre de una supuesta capitulación expresada en las leyes de
Obediencia Debida y Punto Final ignoran que esas leyes se sancionaron
precisamente porque el poder de los militares seguía siendo
importante.
A nadie, con un mínimo de objetividad, se le escapa que Alfonsín
tuvo que sancionar esas leyes bajo presión. Algunos aseguran que no
era necesario ceder tanto, pero admitamos que, más allá de las
críticas que se le puedan hacer, la batalla a favor de los Derechos
Humanos en sus líneas fundamentales estaba ganada.
Desde los tiempos de Nüremberg que los verdugos no eran sentados en el
banquillo de los acusados y nunca, en Occidente, se había logrado
condenar de una manera tan categórica a los jefes de una dictadura
militar que no había sido derrocada por una insurrección armada.
Porque existió el juicio a las Juntas y porque culturalmente el
terrorismo de Estado fue condenado por la sociedad es que Kirchner,
veinte años después, puede hacerse el guapo con los militares sabiendo
que no corre ningún riesgo. Hoy los militares están replegados en los
cuarteles; los feroces leones están ahora viejos, achacosos y
desdentados. Los felinos de entonces se han acostumbrado a comer
cacahuetes de la mano de los chicos y por un pancho se sacan una foto
con algún turista curioso.
Las críticas de Kirchner al poder militar se parecen a las
fanfarronadas de esos compadritos que posan de guapo ante un ex
boxeador derrotado para impresionar a la chica del barrio. Con el
autoritarismo militar había que ser guapo cuando serlo significaba un
riesgo que la conciencia moral exigía correr en nombre de las
convicciones.
Por el contrario, hoy los desplantes antimilitaristas se parecen a
un gesto publicitario, a una maniobra de distracción o a un deseo
innoble de atribuirse honras que no se merecen. Kirchner se atribuye
medallas y reconocimientos que no merece, entre otras cosas, porque
nunca se preocupó en merecerlas. Pero lo sorprendente no es tanto que
un político más o menos oportunista pretenda atribuirse glorias
ajenas, sino que una dirigente de las Madres, que se distinguió por su
dureza contra todos los gobiernos, acepte muy suelta de cuerpo que el
actual presidente es su gran amigo. No cuestiono la decisión de Hebe
de Bonafini de suspender las marchas de la resistencia, lo que
cuestiono son los argumentos que emplea para suspenderla.
Lo que sorprende es que la señora Bonafini, que en su momento le
tuvo una impaciencia infinita a Alfonsín, ahora le tenga una paciencia
infinita a Kirchner. La historia no tiene la obligación de ser justa o
coherente. El gran ausente en materia de Derechos Humanos en los
tiempos duros es ahora el abanderado. Tan sorprendente como su
conversión es la creencia de quienes suponen que desde los tiempos de
Gandhi y Luther King no hubo alguien tan apasionadamente convencido en
defender la causa de los Derechos Humanos.
- Sin Comentarios »
- Publicado en Opinión