Por Osvaldo Álvarez Guerrero.
El Radicalismo argentino perdió el pasado 27 de julio a un hombre que, en buena medida, era el arquetipo radical del político intelectual. Nos referimos a Osvaldo Álvarez Guerrero, quien fuera gobernador de Río Negro en el retorno de la democracia en 1983, y representara al pueblo de su provincia en la Cámara de Diputados de la Nación durante los períodos 1973/76 y 1987/91. Fue también presidente de la Convención Nacional de la UCR y de la Fundación Arturo Illia para la Democracia y la Paz.
Lúcido analista político, un día de marzo de 2005 le pedimos que nos escribiera un artículo sobre la situación política, socioeconómica y cultural de la Argentina desde una perspectiva radical, procurando una visión que no se atuviera a la mera coyuntura. El destino era una revista de la Juventud Radical de Entre Ríos (la que finalmente se publicó en junio de 2005) Cuatro días después de haberlo llamado, el correligionario nos envió un meduloso escrito titulado “El problema argentino”.
En el mencionado artículo, el desaparecido correligionario nos decía que “es obvio que esta tarea de reparación fundamental de la República [..] siendo la inicial e imprescindible, ha de exigir la consideración de [..] la reorganización federal, la reforma del régimen tributario, la reindustrialización, la incorporación de las nuevas tecnologías, la Reforma de la Universidad, las nuevas estrategias comerciales… Por eso hay que reinstalar las razones de un programa económico y social, con sentido nacional, vocación popular y convicción democrática. Y avivar la pasión de una práctica colectiva, articulada ideológicamente en grandes corrientes políticas.
En tan trascendentes fines -hasta hoy postergados, distorsionados- no pueden caber las excusas de las restricciones financieras de la deuda externa. Ni la alegación de la inviabilidad del crecimiento autónomo en un mundo globalizado. Ni la inmutabilidad de las desigualdades sociales en el capitalismo maduro del siglo XXI, ni la postergación de la justicia distributiva en aras de la acumulación de capital para su posterior e hipotético derrame. Lo que es inviable, lo que es irracional en estas realidades, es la pretensión de alargar ese statu quo inhumano, es la permanencia del atraso y el aniquilamiento de toda esperanza redentora de los desposeídos, es la creencia de que el egoísmo y el desprecio pueden perpetuarse naturalmente, y que en todo caso, se podrá ejercer nuevamente la represión ilegítima. Para el Régimen la legalidad es un instrumento descartable que se ajusta a sus conveniencias e intereses, e invocándola, está siempre dispuesto a burlarla.
Nuestra vida, la individual y la colectiva, es constitutivamente problemática, a veces absurda. Pero si alguna fatalidad admitimos es la que nos impulsa a lidiar contra ella, y de resistirnos a aceptar su validez moral. No amenaza la incertidumbre, sino, en todo caso, la cobardía. Pero sólo podemos tener miedo a la ineficacia para pensar y a las indecisiones para actuar. Cargados de riguroso vigor democrático, los ciudadanos enfrentamos el ineludible acoso de nuestros deberes incumplidos y de nuestras responsabilidades aletargadas. Forjar ese doble temple es el desafío que proponemos a los únicos que no pueden ser cómplices del pasado: los jóvenes”