LOS REFERENTES.
Viernes, 29 de Mayo de 2009 por Juventud Radical
Artículo publicado origiariamente en el diario “Río Negro” del 2/06/93 y reproducido en su libro “El nombre de las cosas y otros ensayos”, págs. 153/155, editado por Corregidor, 1997.
¿Quién, cómo y cuándo empezó a utilizar el término “referente” en la vida política? ¿Cuándo y cómo el referente comenzó a reemplazar al representante? Y paralelamente, ¿cómo y por qué, el vocablo “pueblo” fue sustituido por la palabra “sociedad”? Investigación de semejante hondura, perteneciente a la semántica histórica, detectaría los gérmenes del deterioro de la democracia moderna. Su hallazgo permitiría comprender la decrepitud de la confianza pública que menoscaba a los políticos y develar la naturaleza de la lesión que hoy afecta a la representatividad.
Conste que la representatividad es la sustancia de la democracia. El régimen representativo se funda sobre el principio de la soberanía popular (es decir, la capacidad de decisión sobre los asuntos colectivos). Por éste principio, los ciudadanos dan mandato a quienes eligen libremente para que éstos gobiernen según leyes que dictan y ejecutan en nombre y por representación de los mismos ciudadanos. De tal modo, los gobernantes son representantes de la voluntad popular. Su poder es delegado y revocable. El representante es un reflejo, un efecto del sujeto representado, que es el pueblo. Quien manda es el pueblo, quien obedece, representándolo, es el representante. Lo real, lo permanente, es el pueblo, que se gobierna a sí mismo, por medio de un representante, que es su sombra, su consecuencia.
Obviamente se trata de una ficción, de una conceptualización jurídica, una invención del derecho, pero que ha servido para construir la idea de la democracia.
El vocablo “referente” proviene de las modernas ciencias del lenguaje, y se ha trasladado sospechosamente al léxico político vulgar. En la semiótica (disciplina que estudia las relaciones entre los signos y los objetos que éstos significan), el referente es lo representado, un objeto de la realidad a la que se refieren los términos, aquello a que se atienen las palabras. Una exacta traducción de esta voz al lenguaje político resultaría que la sociedad es… el reflejo del referente. ¡Asombrosa, cuan ágil reversión! Lo real sería el referente, y la ficción sería la sociedad. Según esta voltereta lingüística, la sociedad actúa siguiendo al referente. La ficción del representante se invierte así absolutamente con el referente, que es quien efectivamente dirige, gobierna, y cuyas conductas y decisiones por reverberación y brillo propios, se reflejan en la sociedad.
Obsérvese que he utilizado dos duplas conceptuales distintas, dos parejas de términos distintos: a) pueblo-representante; y b) referente-sociedad. Así como representante es algo distinto a referente, tampoco pueblo es lo mismo que sociedad. A veces, últimamente, se emplea el sustantivo “gente”, cuyas connotaciones son de alarmante hibridez pasiva. El término “pueblo” denota una personalidad cargada de energías sociales, una voluntad, un designio y un anhelo, una conducta activa, participativa, a la que se le reconocen derechos y responsabilidades. El pueblo está cargado de acentos humanos, movilizadotes, diría revolucionares, incrustado de vigencias activas, pletórico de potencias. Dotado de una fisonomía jurídica precisa, aparece como cuerpo que decide, como fuerza amalgamada que elige. El vocablo “pueblo” designa a un conjunto, con las calidades de un sujeto, titular originario de la soberanía.
La “sociedad”, en cambio, tiene otra significación, pues es todo conjunto social (como la tribu, como el clan, como la casta, o la clase social; o bien la suma de sectores económicos, como el empresariado, o el sindicalismo). Adicionados, yuxtapuestos, pero nunca amalgamados, pueden o no constituirse en nación. El pueblo está formado por ciudadanos; la sociedad, por individuo, y grupos de individuos. El pueblo tiene representantes políticos, la sociedad esta “poseída” por referentes.
El uso o desuso de los términos que se emplean en la vida social, en el lenguaje cotidiano de la política puede mostrar, mejor que cualquier otra cosa, los modos que tienen los hombres para organizarse, los lazos de su cultura, la calidad de su tejido social, el calor de sus pasiones y la frialdad de sus indiferencias.
Me invade, a veces, cuando percibo desencanto o escepticismo en las gentes con quienes me interrelaciono, una cierta perturbación, que no alcanza a ser temor. Sospecho que cuando se deja de hablar de “pueblo”, y se menciona “sociedad”; cuando se acentúa la acusación de crisis de representatividad, y se nombra con demasiada frecuencia a los referentes, es porque algo huraño, alguna modorra sombría y estupefaciente se está destilando en nuestro tiempo. Es como si se filtrase, imperceptiblemente, un gusanillo de apariencia inofensiva que con sigilo voraz, va royendo lentamente la libertad y la fraterna igualdad de todos y cada uno de nosotros, que somos raros animales sociales.
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